leemos libros porque en casa nunca tuvimos televisor
Reconozcamos que así es mi rostro y que debo soportar aquellos críticos, inquisidores, asesinos, mujeres, feas, la mayoría de las veces, que se indignan al ser invadidas, sobre todo en la orilla, por mi presencia y mi desnudez a las contradicciones en que viven. Vivir es caminar entre odios de llamas contrarias y, si no temiese las conclusiones erradas, confiando en la naturaleza casi mitológica de mi apariencia, diría que soy una chica bonita olvidada en el cuerpo de un hombre, una metamofósis incabada, un adolescente sorprendido en los nudos de una cadena donde nada ni nadie lo sacará.
MILLET, Richard. El gusto de las mujeres feas. Lima: Estruendomudo, 2007. p. 118. Traducción de Patricia de Souza.
El Código de honor del Marqués de Cabriñana de Sofocleto
según Miki

El presente volumen es lo que podría llamarse “El Pensamiento Vivo del Marqués de Cabriñana” y es una radiografía de la verdadera naturaleza que tienen los duelos, convertidos hoy –debido al progreso y a las nuevas drogas contra el cretinismo– en una verdadera pieza de museo, que a los espectadores del produce risa y a los protagonistas diarrea. Donde ocurre que quieren pretenden lavar su honor, terminan al final lavando sus calzoncillos.
Entonces tenía once o doce años. Mi tío Carlos y yo habíamos caminado más de una hora por el mercado de Trujillo buscando una edición íntegra de Las mil y una noches. Hartos del sol, de alguna forma recalamos en una oscura librería de saldos en la que algo pareció interesarle. No era el libro que buscábamos pero, tras cancelar su precio, anunció que nuestra búsqueda había finalizado. Recuerdo que tenía las tapas azules y a un tipo bigotón en pijamas en la carátula. Creo que él no lo sabe pero así fue como obtuve el primer libro que leí en serio –quiero decir sin saltarme hasta la última página– en mi vida. El libro era el Manual del perfecto deportado y su autor, hasta entonces un desconocido para mí, era Sofocleto.
Artículo 13.- Cuando entre varios individuos ofenden a otro, este último tiene el derecho de elegir a quién debe exigirle reparación por las ofensas recibidas. Ahora bien, si no hay ningún enano o tuerto entre ellos, si la ofensa se ha producido en una cantina de los bajos fondos y es muy probable que ninguno de los agresores haya oído hablar jamás del presente Código, lo más prudente es entregar a dichos caballeros el reloj, el anillo de la familia, el dinero que se lleve encima y, en fin, todos los objetos de valor que puedan contribuir a calmar los ánimos del grupo. En circunstancias como estas, abofetear con el guante a cualquiera de los agresores o citarlos al campo de honor tiene un nombre específico: Suicidio.
Desde aquella primera lectura, debo de haber comprado al menos unos diez libros más de él. Aunque sería mucho decir que todos son excelentes, inolvidables, sí me parece justo decir que a Sofocleto le debemos más de lo que parece. Menos conocido como Luis Felipe Angell de Lama, Don Sofo debe de ser uno de los escritores peruanos más prolíficos que hay. Novelas, ensayos, décimas, artículos periodísticos y hasta diccionarios de refranes y de lenguas. Se dice que su obra completa abarca 162 volúmenes. Siempre me sorprende encontrar nuevos y nuevos libros que literalmente sostienen, porque están siempre debajo de todo, pilas enteras de libros en las librerías de viejo de provincia. Él es la mente macabra detrás de innumerables chistes que hemos escuchado desde chicos, él le puso “Caballo Loco” a Alan García, era él quien firmó miles de columnas en Ojo, La República y El Comercio. Yo creo que Sofocleto, detrás de su risa escandalosa, las historias sobre su niñez en Paita y sus varias deportaciones, era un hombre sencillo. Una amiga de la universidad recuerda haberlo visto varias veces en el Club Miraflores, altísimo y con un traje blanco, de seguro escribiendo sin escribir algún soneto al papel higiénico o corrigiendo mentalmente una cuartilla.
Artículo 177.- Si alguno de los contendores fuera sordo y estuviera, por lo tanto, imposibilitado de escuchar la palabra “Fuego”, dicha por el Director del Combate, tal palabra se escribirá en un cartel que, desde lejos, el Director mostrará al protagonista para que comience a disparar. Si, además de sordo, el protagonista fuera miope y no tuviera anteojos apropiados, no habrá otro remedio que encargarle a él mismo dar las órdenes pertinentes, advirtiéndole que por ningún concepto debe gritar “Rompan filas”, ”Socorro”, ”Mamá”, ”Cada uno para su casa” u otras frases de parecido jaez. Finalmente, si además de sordo y miope, el contrincante resultare ser también mudo, será lícito que los padrinos de ambas partes le apliquen un puntapié en el trasero por haberles hecho perder el tiempo miserablemente.
El Código de Honor… es un libro escrito a manera de Código de Leyes (con artículos, capítulos y notas al pie) sobre los supuestos, formas y consecuencias del duelo. Como él mismo lo afirma, la institución del duelo como mecanismo para defender el honor mancillado está tan pasada de moda como la pianola, la sombrilla o los escarpines. Sin embargo, el Códigode honor… constituye a su manera un interesante ensayo sobre la irracionalidad de la violencia como mecanismo autocompositivo de diferencias y de cómo sus promotores no son más que perfectos idiotas haciendo el ridículo. Un libro perfecto para disfrutar un día cualquiera, de a pocos, con una prosa exacta que lo vuelve agilísimo. Un libro ideal para enseñarle a cualquier que los libros también puede, y deberían, ser divertidos.

Una última nota. La noticia de la muerte de Sofocleto, hace varios años, fue lo primero que vi en la televisión la primera noche que vine a vivir a Lima. No estoy seguro de si es una coincidencia, una señal o algo parecido, pero esa noche me dio un poco de pena no poder llegar nunca a conocerlo, escucharlo reír o decirle algo. Después de todo, todavía le debo una visita a la Plaza Sofocleto en Paita (inaugurada por él mismo, ver foto arriba). Y, principalmente, le debo terminar de leer todos sus libros. Hasta ahora, recomiendo con especial entusiasmo su Enciclopedia de la Conducta Humana (en tres tomos: Los Cojudos, Los Conchudos y Los Pendejos) así como el Manual del Perfecto Deportado y El Virus Matrimonial.
Título original: El Código de Honor del Marqués de Cabriñana
Autor: Sofocleto (seudónimo de Luis Felipe Angell de Lama, 1926-2004)
Año de publicación: 1999, de esta edición.
153 páginas, sin editorial.
Mención aparte, en la tarea de recopilar lo existente sobre la obra de Sofocleto, merece la página de Raúl Moscol León.
Las ciudades y la memoria. 4
Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria.
Pero inútilmente he partido de viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado.
CALVINO, Italo. Las ciudades invisibles.
Años que se confunden, Zavalita, mediocridad diurna y monotonía nocturna, cervezas, bulines. Reportajes, crónicas: papel suficiente para limpiarse toda la vida, piensa. Conversaciones en el “Negro Negro”, domingos con chupe de camarones, vales en la cantina de “La Crónica”, un puñado de libros que recordar. Borracheras sin convicción, Zavalita, polvos sin convicción, periodismo sin convicción. Deudas a fines de mes, una purgación, lenta, inexorable inmersión en la mugre invisible. Ella había sido lo único distinto, piensa. Te hizo sufrir, Zavalita, desvelarte, llorar. Piensa: tus gusanos me sacudieron un poco, Musa, me hicieron vivir un poco. Carlitos movió el dorso de la mano, levantó apenas el pulgar y aspiró; ahí su cabeza echada atrás, media cara iluminada por el reflector, media cara sumida en algo secreto y profundo.
VARGAS LLOSA, Mario. Conversación en La Catedral. Lima: Alfaguara, 2004. p. 452.
Viajes por el Scriptorium de Paul Auster
según Miki
No recuerda nada. Un hombre que podría o no llamarse Míster Blank, protagonista de Viajes por el Scriptorium, acaba de despertar de un sueño extrañísimo y no recuerda nada. Está recluido en una habitación aterradoramente monótona y, a lo largo del día, empezará a recibir la visita de distintos personajes que apenas reconoce. A través de esas entrevistas, vagamente irá recordando retazos de su pasado y de las razones que lo han recluido en esa habitación.
La pesadilla de cualquier escritor debe ser que sus propios personajes cobren vida y, unidos, se presenten ante él para ajustar cuentas, para juzgarlo. Viajes por el Scriptorium, la penúltima novela de Paul Auster, es un informe impersonal sobre la venganza de las creaturas a su creador. Los personajes más representativos de La Trilogía de Nueva York, La invención de la soledad, Leviathan, entre otras novelas de Paul Auster, cobran una presencia espectral en la habitación de Míster Blank. En otra época, él recuerda que trabajaron para él como agentes en misiones especiales. Hoy, quieren someterlo a un proceso sumario e incomprensible con el único fin de darle una muerte pública, sangrienta y necesaria. Mister Blank, trasunto del propio Auster, aparece como el padre creador culpable de haber traído a la vida a esos seres con el único fin de regocijarse con su tortura, de someterlos a historias crueles y dolorosas solo para luego poder contarlas.
Creo hablar en nombre de todos sus agentes cuando digo que tiene lo que se merece: ni más ni menos. Y no hablo de castigo, sino de un acto de suprema justicia y compasión. Sin Míster Blank no somos nada, pero la paradoja es que nosotros, seres puramente imaginarios, sobreviviremos a la mente que nos creó, porque una vez arrojados al mundo existiremos hasta el fin de los tiempos, y nuestras historias seguirán contándose incluso después de que hayamos muerto.
Viajes por el Scriptorium es una metáfora kafkiana sobre la resposabilidad del padre, del demiurgo, respecto del destino de sus creaturas. ¿Es el escritor un castigador? Hacia el final de la novela, Míster Blank se descubre a sí mismo como otro personaje –que lo es, en verdad– de otra historia más. El final tiene más de justicia poética a un padre terrible que de justicia penal.
Título original: Travels in the Scriptorium
Autor: Paul Auster (New Jersey, 1947)
Año de publicación: 2006
185 páginas en la edición de Anagrama, Buenos Aires, 2007.
Comet Gain - Turnpike (Cassino Classics, 1995 -Wiiija)
Con tu mochila a las espaldas, echas a andar y atisbas el principio de la noche. Una hora después, las luces de los autos te revelan la autopista. Allí, de pie, junto a la cuneta, con la mirada fija en los autos, te detienes nuevamente; pero no sabes qué sucederá. Nada importa, tú escrutas la lejanía y esperas.
Esperas y esperas…
AMPUERO, Fernando. Paren el mundo que acá me bajo. Lima: Estruendomudo, 2007. p. 41.
Las armas secretas de Julio Cortázar
según Miki
La verdad es que Julio Cortázar nunca conoció a Charlie Parker. Nunca caminaron juntos por París. Nunca compartieron un Nescafé o conversaron en la penumbra de una chambre de bonne de la rue Lagrange, como en El Perseguidor, uno de los cuentos de Las armas secretas.
Parker nos enseñó una nueva forma de escuchar y sentir el jazz a través del bebop. Julio Cortázar, sentado a la máquina de escribir con la música de Parker de fondo, nos dejó cuentos inolvidables en todos los registros y temas. Sus cuentos se leían en voz alta como una risotada anárquica en la cara pelada de la tradición literaria formal y acartonada. Cada uno, por su parte, se esforzó por despojarnos de formalismos y abrir una nueva puerta (para la literatura o la música), por señalar un ritmo diferente, sincopado y maravilloso como un solo de saxofón.
Aparecido en 1959, representa un punto de quiebre en la obra del escritor argentino. Por primera vez, Cortázar deja los cuentos cortos de Bestiario o Final del juego para ensayar relatos de mayor extensión. Asimismo, en los cinco cuentos que componen Las armas secretas resalta el tratamiento de las relaciones humanas en desmedro de la temática fantástica que hasta entonces había utilizado el autor. Esto, sin embargo, no significa que el libro no esté poblado de fantasmas. En mucho sentidos, hay quienes consideran que en este libro están las claves principales de Rayuela y del microcosmos de la ficción cortazariana más madura. A mí me encantó. Primero, por su técnica de narración. Luego, porque esos argentinos exiliados o esos parisinos que vocean, comen empanadas y tiran piedritas al Sena pensando que es al Río de la Plata me resultan profundamente tiernos, hasta un poco torpes para relacionarse con su entorno.
Al filo de los catorce, quizá de los quince, se le adivinaba vestido y alimentado por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
El libros se abre con Cartas de mamá, un cuento en el que una pareja argentina que vive en París empieza a sentirse sobresaltada por la súbita aparición de un familiar muerto hace años en las cartas que les manda la madre de uno desde Buenos Aires. En Los buenos servicios, la encantadora madame Francinet nos narra en primera persona su vida como ama de llaves al tiempo que el hijo de la familia falleció. En Las babas del diablo, una clase maestra de narración en primera persona, asistimos a un concierto de voces y condicionales que relatan la historia de una muerte. En El perseguidor, en relato más largo del libro, conocemos de cerca la historia de un músico de jazz alcohólico y depresivo a la manera de un Orfeo decadente. El periodista Bruno, su biógrafo y reciente amigo personal, narra cómo, mientras todos luchan por traer a Jhonny a la vida, él si empecina en saltarse el tiempo y volar como un ave. Al final, Las armas secretas es un relato en el que lo imaginario y lo real juguetean y tejen un final abierto.
Cada vez que he vuelto a leer este libro, tres veces con la de hoy, he encontrado nuevos pasajes y nuevas claves para poder comprenderlo. A veces me parece que hay párrafos nuevos, nuevos personajes, finales distintos, como si fuese un libro que va cambiando siempre mientras espera junto a los demás. A la vez, el cuento sobre Charlie Parker me recuerda profundamente a un amigo al que ya no veo más –fanático del jazz– y me hace imaginarlo sentado en los pasillos de algún subterráneo, hambriento y feliz como nunca. con su guitarra O me regresa a las noches que pasábamos escuchando música y discutiendo sobre latinoamérica y sobre la música y nuevamente sobre latinoamérica y de lo que se sentía vivir lejos de casa, lejos de tu país y en la exacta mitad de la nada.
Que la música salve por lo menos el resto de la noche, y cumpla a fondo una de sus peores misiones, la de ponernos un biombo delante del espejo, borrarnos del mapa durante un par de horas.
Título original: Las armas secretas
Autor: Julio Cortazar
Año de publicación: 1959
192 páginas en la edición de Espasa, Bogotá, 2005.
¿Buscas novia o buscas el tiempo perdido?
Para todos los indecisos, nada mejor que las clásicas mesas de una feria de libreros de viejo para encontrar ese libro que se nos ha estado pasando toda nuestra vida. Por eso, Envueltos en libros y la Asociación Civil THEMIS organizan este mes la Feria del Libro Viejo. La feria va desde el 20 al 25 de octubre y abrirá todos los días de 10 de la mañana a 6 de la tarde (salvo sábado, de nueve a una de la tarde). La feria los espera en los jardines de Cafetería Central del campus Pando de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Porque todo cabe en una canción (o en un poema)
La primavera según Brighter y Javier Heraud
Brighter - Hope spring’s eternal (Disney, 1992 - Sarah Records)
1
Estoy en espera del otoño
La primavera trabó mi palabra
cuando yo me sacudía de todos
los abrigos y de todas las frazadas.
La primavera
–digo–
entreabrió mis palabras:
siempre me detuvo
en el mismo sitio,
y siempre, descontento,
tuve que llegar
a lugares inseguros, tembloroso
(junto al río,
cerca al campo,
próximo a la carretera
y a las uvas).El verano me trajo
dos o tres interjecciones
pero no pude ir al mar
como quería
y hube de quedarme entre mi casa,
entre mis tiernos libros olvidados.
5
Estamos en espera del otoño.
Los inviernos nos niegan
altas noches,
el verano riega nuestro cuerpo,
la primavera nos despierta del invierno.(…) “Primavera, ya sé que tú te acercas, pero no traigas para mí esta vez la muerte, tú ya sabes y conoces mi amor a la soledad. Si quieres, contigo visitaré los parques, sacudiré a los árboles, arrancaré las flores, me beberé la lluvia; iremos de casa en casa, tocaremos las puertas y diremos: a levantarse todos, por esta vez se han acabado las frazadas, este es el tiempo de la resurrección y estamos como siempre entre los campos, durmiendo o descansando, pero no hemos olvidado los pesares de los fríos…; si quieres, Primavera, te acompañaré a las batallas si han de producirse en esta época del año, pero no introduzcas en mi cuerpo la misma desazón acostumbrada, no hagas entrar a la muerte por tu puerta”.
HERAUD, Javier. En espera del otoño. Fragmentos 1 y 5. En: Estación reunida. Lima: Mesa Redonda, 2008. pp. 92-96.
Otras tardes de Luis Loayza
según Miki
1. Tardes
Hace muchos años, los libros de fantasmas traían una advertencia en la carátula que recomendaban no ser leídos durante la noche. A la inversa, el maestro Cabrera Infante recomendó alguna vez leer uno de sus libros exclusivamente de noche. Otras tardes, sobra decirlo, debería traer la advertencia de solo ser leído durante las primeras horas de la tarde y –esto es una opinión personal– preferentemente durante el invierno. No sé si esta convicción esté relacionada con el hecho de que leí, releí y hasta compré este libro siempre por la tarde. Recuerdo que hace tiempo, cuando vivía en Chiclayo, solía caminar cerca de veinte cuadras desde mi casa hasta una librería en la que solían rematarse saldos de libros de gran tiraje que salían junto a periódicos. Una de esas tardes encontré una torre entera de una colección de libros de Adobe editores que habían aparecido con el diario Expreso, a dos soles cada uno. Compré casi todos los títulos que hallé y, entre ellos, estaba Otras tardes. A la tarde siguiente, sobre mi cama y tratando de recuperarme del almuerzo, leí por primera vez a Luis Loayza (Lima, 1934).
2. Leyenda
Ser joven es aguardar lo que seremos alguna vez, todo se va dejando para más tarde; de pronto Jaime comprendía que no haría nunca lo que no había hecho hasta ahora, ya no le agitaban más el apetito o la esperanza.